En medio de la pandemia tan mencionada por todos y que nos ha hecho distanciarnos físicamente, una tarde llegó la propuesta de mi querida y admirada amiga Leslie (@ultra_mami), respecto a participar en la maratón representándola a ella, debido a que ya estaba coordinada para correr en el Ultra Paine dos semanas posteriores… “¿QUÉ, ¿QUÉ? ¿YO? ¿DE VERDAD?”. No me la podía creer que, entre tanta gente bacán, haya posado sus ojitos en mí.
Sin duda alguna, la respuesta fue un sí contundente y de inmediato armé mi equipo conformado principalmente por mi familia, entrenador y kinesiólogo. Todo esto fue en marzo… pero, antes de partir a entrenar, primero tuve que enfocarme en sanar una pequeña lesión. Fue esa la primera meta.
Una vez estaba todo “ok”, partimos con el ciclo de entrenamiento, aprovechando el inicio de invierno, corriendo de madrugada, hacia zonas con mucho viento, lluvia, temperaturas bajo cero, terrenos de tierra, con ripio. En fin, todo lo más adverso que se pudiera encontrar en Santiago y se asemejara al máximo a Las Torres del Paine (luego me di cuenta de que nada nunca se le parecía ja, ja, ja).
Por supuesto, estos entrenamientos iban minuciosamente orquestados con una vida de madre, dueña de casa, estudiante, emprendedora y apoderada. Todo tenía un momento del día para ejecutarse y pobre de mí si algo se desordenaba, porque el entreno se sacaba igual, el momento que fuera, pero se tenía que hacer.
Transcurrieron las semanas, llegó el momento del viaje, con sus protocolos sanitarios que exige la autoridad en Chile, lo que complejizó un poquiti-ti-ti-to mi ansiedad pre-carrera, pero aún así, esta Mami logró llegar a Punta Arenas y luego Puerto Natales. Lugares muy, pero muy hermosos donde traté de conocer lo más posible en el acotado tiempo de estadía que tuve.
Así pues, llegó el tan anhelado día de la carrera, éramos tan sólo 100 personas para los 42k y confieso que, en el bus de acercamiento a la meta, me sentí como que estaba en medio de una selección olímpica. Eran pura gente “máquina”, con sed de comerse esos kilómetros, hablaban sobre sus ritmos de carrera, cuantos entrenamientos de fondos hicieron, sus clubes y así, entre esas conversaciones y dos horas después, llegamos a la línea de partida, donde ya fue inevitable que se me escaparan un par de lágrimas (las controlé porque hidratación no iba a perder ja, ja, ja).
De verdad amigos, es que me sentí tan pequeñita entre esos corredores y la guinda fue EL LUGAR, pero ¡Qué lugar! Describirlo en palabras no alcanza, ni siquiera fotos o vídeos, yo te invito a que participes de esa carrera, porque vivenciarlo según el ritmo que permita tu cuerpo, es otra cosa.
Se dio la largada y allí me fui, intentando seguir las indicaciones de mi entrenador… “Do-si-fi-ca”, entre medio fotos, vídeos y ya luego se vino el momento de completa unificación con el entorno. Era como si esas montañas y yo, fuésemos una. Como si de toda la vida nos hubiésemos conocido. Lagos con colores de piedras preciosas, altimetría que te abrazaba y luego te impulsaba; aves, guanacos… ¡un zorro! Era todo irreal.
Entre medio ya el cuerpo comenzaba a preguntar “¿Cuándo llegaremos al km 37?” El km 37 era el de “la bajaíta”, donde se acababa los eternos 17kms en subidas, y les juro que se hicieron sentir, pero afortunadamente, ¡no hubo muro!
Cada vez comencé a sentir más cerca la meta y, como siempre he vivido durante una carrera de larga duración, no importa qué tan cansada esté, mis brazos se elevan enérgicamente, llenos de amor y orgullo para ondear mi bandera bonita, bandera de Venezuela.
Yo iba sola, pero en esa meta me reencontré con mis amigos Francia y Álvaro “Tite”, a quienes no veía hace dos años y fueron ellos quienes me recibieron con un caluroso y fraternal abrazo. Ese abrazo que te hace volver a la tierra luego de vivir la distancia más bonita, en un entorno HERMOSO, y muy exigido.
Minutos después una muy agradable y divertida conversación con JC de @solorunning, ¡Qué manera de reírme! Y bajar las revoluciones con las que uno queda.
Gracias Patagonian Marathon. Gracias, mi Leslie.
Sin dudarlo dos veces, volveré.